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Faltaban unos días para la Primera Comunión de Martina. Su padre y yo pensábamos en hacer una pequeña celebración, sencilla, con la familia cercana. Nuestras familias son grandes, y sólo con los más cercanos sobrepasábamos la treintena.

Cada uno celebra como quiere, como puede o como le sale, o todo junto. Uno elige lo que considera más acorde con sus creencias y deseos. Nosotros queríamos celebrar con ella, que se sintiera especial y querida, y que entendiera el sentido profundo y espiritual de lo que estaba haciendo.

Martina estaba muy ilusionada con su gran día. Esa ilusión comenzó meses atrás, con las clases de catequesis. Empezando a imaginar el momento le propuse utilizar el mismo vestido que yo llevé en su día, que había cosido mi madre, su querida abuela Pilar, y le pareció una idea excelente. La abuela lo sacó del armario y se lo probamos allá por el mes de noviembre. Tenía un par de pequeñas manchas, faltaba algún que otro botón y le estaba un pelín ancho; se ve que ella es más delgadita de lo que yo era a su edad. La abuela y yo acordamos no tocarlo y esperar al último momento; ya se sabe los estirones que pegan los niños de una semana para otra: mejor esperar.

Pasaron los meses. De vez en cuando hablábamos de la Primera Comunión, de lo que implica, de las cosas que Martina iba aprendiendo en las clases de catequesis. Al poco de empezar el curso me preguntó: “Mamá, ¿tú sabías que cuando haces la Primera Comunión te regalan cosas?”. “Claro” –le respondí. “Ah, es que yo no lo sabía”.

Mamá, mi señorita de catequesis es buenísima. Es guay. Si no nos sabemos algo nos dice: “venga, a ver si para la próxima semana te lo sabes”. Y así te lo aprendes con más ganas”.

Llegó el mes de abril, y con él los preparativos. Un martes por la tarde Martina y yo salimos juntas a la zapatería del barrio a comprarle unos zapatos blancos, una goma blanca para el pelo y una muñequita del escaparate de la pastelería de la esquina, que en el mes de mayo se llena, desde siempre, de muñequitos vestidos con trajes de comunión, de esos que se ponen en las tartas. Martina había querido uno desde siempre, desde que ella misma parecía una muñeca y pasábamos por delante caminando y casi no llegaba a ver el escaparate. Así que esa misma tarde entramos a comprar una, y salió felicísima de la pastelería con su tan ansiada muñequita.

La abuela cosía los botones que faltaban, lavaba el vestido, lo almidonaba y le ponía una cinta nueva en la cintura para disimular algún que otro arreglillo necesario en el último momento. Unas manchitas que no había manera de eliminar, que habían estado ahí 30 años, y que necesitaron del ingenio de la tía Pilar: “Quitamos de aquí un trocito de encaje, lo ponemos por aquí, por allá, y ya está. Y en este cachito que ha quedado vacío, ponemos una cinta y le hacemos un lazo”. Hecho.

Y llegó el gran día. Un pelín de nervios en el desayuno, otro pelín en el viaje al cole, otro más cuando la dejamos en el lugar convenido. Pero ante todo había alegría, mucha alegría en la cara y en la sonrisa de Martina, que se multiplicó al encontrarse con sus amigas de clase, con sus abuelos, con su profe, con la familia más cercana.

Muchos nos habían preguntado por el regalo, pero Martina lo tuvo claro desde el principio. Quería hacer una Comunión Entrecienmil. “Yo ya tengo demasiadas cosas, papá” –le había dicho una mañana de camino al colegio. Jose recogió la idea y le propuso hacer una comunión solidaria, y la idea le pareció fantástica. Así que al llegar al restaurante pusimos una urna de unoentrecienmil y todo el mundo fue haciendo su aportación, además de dedicarle palabras y dibujos en un libro de firmas, pequeños regalitos hechos a mano y cientos de besos y cariño durante todo el día.

Al llegar a casa abrimos la urna y contamos 1.200€ entre billetes y monedas de todos los tamaños y notitas llenas de cariño. 1.200€ que ya están, íntegramente, dedicados a la lucha contra la leucemia infantil. ¡Gracias, Martina! Papá y yo estamos muy orgullosos de ti, de lo grande que eres desde siempre. Y te queremos así, grande y pequeña, todo junto, como tú eres.

¡Muchísimas gracias a todas las personas, tan queridas y tan cercanas que han hecho posible, con tanto cariño, esta donación, siguiendo la idea de Martina!

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2 comments

  1. Jorge Segado Reply 10 julio, 2015 at 10:49 am

    Es tan bonito y tan grande el gesto que casi no me fijo en lo guapísima que iba y en lo guapísima que es. ¡Enhorabuena, Martina! ¡Enhorabuena, papás!

  2. Maribel Sánchez Reply 28 septiembre, 2015 at 6:54 pm

    Felicidades Martina!!!!
    Eres una entrecienmil por ser tan solidaria desde pequeña.
    Tendrás unos padres muy grandes que te están inculcando valores para hacer de ti una gran persona.

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